martes, 5 de febrero de 2013

el abuelo de sierra morena


Cuentan que existe un espíritu salvaje que a veces se aparece en esta parte del mundo, una criatura que con su sola presencia altera la tranquilidad de los pequeños y medianos mamíferos del matorral y revuelve el vuelo de los córvidos que encuentra a su paso como nadie. Su aspecto impone hasta al más valiente de los pobladores de este agreste lugar, y la tranquilidad y la decisión de su paso no inspiran nada de confianza hacia sus subordinados vecinos. No hay ni un solo alma salvaje que esté por encima de él en la pirámide trófica. No es un tigre ni un gato, pero todos los seres que comparten su área de campeo saben que el lince ibérico es el gran superdepredador del monte mediterráneo. El gato cerval es, como se suele decir vulgarmente y atreviéndome a llevar la expresión a una forma de ver las cosas más informal, el "puto amo" de la sierra. Es tal la superioridad de su rango trófico que puede incluso permitirse el lujo de campear tranquilo, sin más estrés que el que le pueda suponer la incertidumbre de no saber si el camino que lleva el declive de su especie le va a permitir al menos ser abuelo algún día.


La mixomatosis introducida por el hombre en los conejos de campo (especie que representa más del 90% de la dieta del lince); los atropellos en carreteras y caminos; el furtivismo con lazos, cepos, veneno e incluso a tiros; la fragmentación de sus actuales áreas de distribución y otros tantos motivos producidos por la acción del hombre han ido reduciendo la poblacion de estos fantasmas del matorral hasta convertir a este ya de por sí efímero ser en el felino más amenazado del mundo. Una frase tan repetida en los últimos años que a estas alturas más bien podría parecer un eslogan publicitario, pero lo cierto es que solo dos o tres cientos de ejemplares que quedan en libertad son los que mantienen su escasísima demografía en los dos últimos reductos oficiales que les queda en nuestra península, o mejor dicho, en todo el mundo. Una situación que pende de un fino hilo, pero que poco a poco va cobrando la salud que ya le va tocando, en buena parte gracias a la unión entre administraciones y propietarios de fincas privadas en las áreas donde este animal establece actualmente sus territorios de caza.

En este sentido podemos decir que el estrés que sienten los amantes incondicionales del lince también va bajando poco a poco, proporcionalmente a la lenta pero sin pausa subida de su aun escasa densidad de población. Pero ahora se le une un nuevo problema: el lince no puede dispersarse. Literalmente, los pocos gatos que quedan están encerrados en medio de sus escasos reductos, que no pueden ampliar por sí mismos por culpa del efecto barrera que le produce el hecho de tener que atravesar las infraestructuras construidas por el hombre que se encuentran a su paso, manteniendo sus poblaciones aisladas e incomunicadas e impidiendo así su intercambio genético. El rey del monte mediterráneo, derrocado por su antagonista humano. El rey del monte mediterráneo, hoy, sube poco a poco el número de sus efectivos gracias a su aliado humano. Curioso.

Pero no todo es malo. Hoy día los propietarios de las fincas y los cazadores de las zonas linceras son cada vez más conscientes de la importancia que tiene el lince para el correcto mantenimiento del equilibrio en las poblaciones interespecíficas. Como el más celoso de los guardianes, el lince no soporta la presencia de otros depredadores dentro de su territorio. Es por esto que siempre que pueda intentará mantener a raya las poblaciones de otras especies carnívoras terrestres como zorros, meloncillos o ginetas. Precisamente por esta razón ya no hace falta convencer a la mayoría de los interesados en las piezas de caza menor de que donde hay más linces, también hay más conejos. Es como si estas personas tuvieran una especie de guarda natural al que solo hay que pagar con un conejo al día, que es el que proporciona al lince las 750 calorías que necesita cada día para poder sobrevivir en su cada vez más hostil y reducido mundo.

Poco más de una hora antes de que el gran astro que mueve a todos los latidos del monte mediterráneo nos deje un día más para poder cerrar el ciclo y que todos los duendes del matorral puedan completar sus funciones, Cerrajero, llamado así por los científicos que trabajan con el lince ibérico en esta parte de la sierra, decide abandonar el lentisco donde ha permanecido oculto durante todo el día y se dirige lentamente hacia una presa cazada por él mismo y poco habitual en esta especie. Este gran lince, que a sus 14 años de edad puede presumir de ostentar el honor de ser el abuelo de Sierra Morena, hace sólo unas horas ocultó su preciado trofeo, un precioso muflón, cuya carne custodiaba desde un oteadero cercano con la intención de volver a la presa durante algunos días hasta terminar de engullirla. La costumbre de este animal de cazar ocasionalmente algún ungulado a pesar de sus diferencias de tamaño le ha valido en algunos lugares el apodo de gato cerval.

Cerrajero es ya un lince muy viejo, al que le falta el pincel de una de sus orejas, y aunque todavía tiene una cierta agilidad, ya se le van notando los años en sus ojos, ojos que nadie sabe qé y cuántas cosas habrá visto por estas sierras perdidas del sur de España. Quién sabe si debido a su edad, hace tiempo que no tiene territorio, y desde entonces vaga de un lado para otro buscándose la vida, cada día en un punto distinto de la sierra. En el año 2006, los científicos del Proyecto Life colocaron un collar radiotransmisor a este lince y le dieron el nombre por el que lo conocemos, y desde entonces ha sido sin saberlo un fiel colaborador de la ciencia para que hoy podamos saber un poco más sobre las costumbres y los movimientos de este escaso animal.

Si entre todos hacemos algo por evitar su extinción, grandes y viejos gatos como Cerrajero podrán seguir siendo los protagonistas de numerosos comentarios como este en pro de la supervivencia del lince ibérico. Si no se cumplen estas condiciones, los linces jóvenes nacidos este año tendrán muy difícil la tarea de llegar a ser abuelos algún día. Nuestra especie tiene mucha culpa de que este animal esté al borde mismo de la extinción, por eso somos nosotros mismos los que más podemos y debemos hacer por evitar su desaparición. Sólo nosotros, unidos entre administraciones, dueños de fincas, voluntarios y usuarios de este espacio natural que compartimos hombres y linces, estamos capacitados para evitar que el fantasma de Sierra Morena se convierta en una leyenda.


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