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miércoles, 1 de junio de 2011

no sabemos lo que tenemos


Existe un lugar en el centro de Andalucía donde el tiempo se funde con la luz, un entorno en el que la vida salvaje fluye con la misma inercia que mueve al corazón de sus pobladores. En esta película sin guión, donde cualquier error puede cambiar en solo medio segundo el destino de sus protagonistas, los actores se van pasando el papel de unos a otros, cambiando constantemente de predador a presa y de presa a predador; así, día tras día, noche tras noche, las vidas de los distintos seres que pueblan esta parte del mundo se van cruzando mutuamente para matar o morir.

Desde hace miles de años, la especie humana ha ido transformando poco a poco el paisaje de este entorno, introduciendo distintos cultivos como el olivar, la vid o el cereal. Así ha nacido una tierra que nosotros conocemos como campiña, un lugar mágico donde la recia piel de su tierra se encarga de poner color a su abstracto paisaje.

Aquí no existen los fines de semana, de hecho no hay ni un solo día de descanso, ya que hay que comer y dar de comer a los pequeños. Es muy difícil merodear por una tierra como ésta, plagada de depredadores, sin que un par de ojos con alas o garras y unas claras intenciones no actúen de inmediato.

Pero no son los ojos de estos asesinos implacables los únicos que se adueñan de la intimidad de sus víctimas. El objetivo de una cámara que sobresale tímidamente de entre una mezcla más o menos organizada de telas verdes y redes artificiales con forma de hojas también se encarga de saltarse las leyes y violar descaradamente la vida privada de los dueños de la campiña.

En este mundo fuera de las fronteras del asfalto, donde no existe el respeto por la imagen ajena, un equipo fotográfico no demasiado sofisticado y un conocimiento completo de la zona de trabajo y sobre todo de las costumbres de las especies a fotografiar, aparte de una gran dosis de paciencia y perseverancia, son los únicos requisitos que se necesitan para desarrollar con éxito un buen trabajo de espionaje animal.

De vez en cuando se ven rayos sin nubes en mitad de la noche, e incluso a pleno sol, sin ni siquiera haber tormenta; otras veces se oyen unos extraños crujidos que salen de los matorrales, especialmente cuando los animales se mueven o hacen algo. Se trata de los destellos de los flashes y el ruido del obturador de la cámara, que hasta ahora, y al contrario de lo que se suele pensar habitualmente, no parecen causar molestias a la mayoría de las especies salvajes de nuestra fauna.

Día tras día, año tras año, la naturaleza, y no sólo en esta parte del mundo, se está dejando sumergir de forma ya casi irreversible en una serie de cambios que se van notando en todos los aspectos, empezando por la estética del paisaje y terminando, quizá, en los precios de algunos de los productos que vienen de la única empresa del mundo a la intemperie: la Naturaleza.

Deberíamos aprender a cuidar lo poco que nos queda ya. No tiene menos derecho a vivir un cernícalo porque se dedique a matar ratones para comer (los mismos ratones que destrozan las cosechas), ni tampoco un conejito vale más por ser más bonito y parecer un peluche.

Hoy hay naturaleza y hay fotos. Si no se busca un remedio, mañana solo habrá fotos…

domingo, 17 de abril de 2011

mochuelo, ave del año 2011

Casi con la maestría del gran búho real, pero apenas con el tamaño de una paloma, este pequeño y aun relativamente abundante búho de bolsillo está viendo cómo poco a poco se van reduciendo sus ancestrales poblaciones, tradicionales ya en la mayor parte de nuestros viejos olivares, construcciones humanas no necesariamente abandonadas y arboledas de tipo mediterráneo. Este pequeño duende de ojos de azufre, que es nuestra rapaz nocturna más diurna y a la vez la más abundante, es también el encargado de cobrar la renta a todos los animales inferiores a su peso que viven en el piso bajo de la pirámide ecológica de nuestra Naturaleza, la misma pirámide que preside la especie humana desde un poco antes de que el mundo natural empezara a degradarse. Es precisamente esta degradación, entre otras cosas, lo que un día puede acabar con esta singular especie, unas cuantas más que dependen de ella, y con ellas inevitablemente la nuestra también. Esto es algo que todavía no hemos terminado de entender, a pesar de nuestra desarrollada inteligencia, y es que a estas alturas de la vida, el mero hecho de querer proteger a un concreto animal o vegetal todavía suena a una vana excusa más para defender algo que aparentemente sólo interesa a unos pocos colectivos que acostumbran a ponerse camisetas con motivos de tipo naturalista o ecologista y cortar nuestras carreteras con sus pancartas, siempre a favor o en contra de algo o alguien que aparentemente para cualquier ejemplar de Homo sapiens urbano carecen de sentido. ¿Aparentemente? Lo que quizá no sabe todo “sabio de bar” insuficientemente documentado que tanto se queja de toda esta gente es precisamente la poco adecuada para nosotros trascendencia que puede traer tras de sí la desaparición de una sola especie, ya sea animal o vegetal. Sabemos de sobra ya, que en el contexto pura y netamente natural, los animales salvajes no evolucionaron en el campo precisamente para que nosotros los miremos con unos prismáticos o les hagamos una foto, y mucho menos para que los contemplemos detrás de una reja. Los animales representan en su medio algo más que eso. Entre todos forman un todo, cada uno con su cometido, y cada una de las especies es imprescindible para alguna especie más que necesite de alguna forma de las que le rodean. A tal efecto, y como simples ejemplos, digamos que los conejos dan de comer a sus depredadores, la hierba a su vez alimenta a estos conejos, las ratas y las hormigas eliminan buena parte de esos desechos que están donde no deberían estar, los buitres se encargan de limpiar nuestros campos de cadáveres (animales, evidentemente), las abejas son las que se ocupan de llevar a cabo ese gran milagro que es la reproducción entre plantas y árboles para que puedan seguir proporcionándonos oxígeno, los árboles han aprendido a fabricar frutos para que las aves y los mamíferos transporten sus semillas hasta otros lugares, etc. Basta con que rompamos uno solo de los eslabones de la frágil cadena que sujeta a esta gran empresa para que la naturaleza se quede coja y todo el motor de la vida deje de funcionar adecuadamente. Cuando falta una especie que siempre ha estado en un lugar determinado, las demás especies que dependían de ella, directa o indirectamente, tarde o temprano tendrán que optar por adaptarse y evolucionar por otro camino o, en el peor de los casos, al cabo de un tiempo de crisis también se extinguirán. El mochuelo europeo (Athene noctua) es todavía abundante, pero sus poblaciones están disminuyendo notablemente. Solo si conseguimos que a finales de 2011 se haya mantenido o incluso incrementado esta población allí donde haga falta, podremos decir con orgullo que este ha sido realmente el año del mochuelo. Y si encima hemos logrado realzar las poblaciones de otras especies autóctonas y ecológicamente beneficiosas para la Naturaleza, también será en buena parte nuestro gran año.